Una pasión del más allá o el destino me jugó una mala pasada

 

Una pasión del más allá o el destino me jugó una mala pasada



Roma, Año 191 DC, un incendio devastador asola la ciudad capital del imperio.  Desaparecen gran cantidad de edificios públicos, estudios, talleres y residencias privadas. Entre las grandes pérdidas estaba el Templo de Pax, el Templo de Vesta y gran parte del palacio imperial. No hacía mucho tiempo que la peste también había llegado, seguida de una gran hambruna por las malas cosechas de los cereales. Todo se confabulaba contra la ciudad.

En este incendio desapareció el taller de escultura donde mi amada Flavia
servía de modelo para los artistas. Escultores y artistas del mármol, bronce y hierro, plasmaban su belleza para eternizarla. Ese día todo se perdió, la modelo, los artistas y con ellos su obra.

Luego de la tragedia visité el lugar, lloré entre las ruinas al ver en lo que se había convertido uno de los más importantes centros de arte de una ciudad que todavía vivía su época de oro, aunque ya en decadencia. Me propuse rescatar una pieza que era una representación de la diosa Afrodita y que era la que más conservaba los rasgos de mi amada muerta. Al día siguiente cuando regresé ya no estaba, alguien se la había llevado y quien sabe a dónde. Me hice un juramento, encontrarla como fuera.


Poco tiempo después mi cuerpo pagó tributo a la tierra, como resultado de la gran hambruna que todavía persistía y todo cayó en el olvido. Hasta que llegaron mis primeras reencarnaciones y mi recuerdo intacto de amor por Flavia.

La busqué incesantemente, pero todo fue en vano. Por años, por siglos no detuve la búsqueda. Reencarné en esclavo, soldado, monje en la Edad Media, noble en la Revolución francesa, dónde perdí mi cabeza, libre pensador en la Ilustración y así en las más diversas formas, oficios y cantidad de países inimaginables.

Y así llegué a España por donde anduve dando tumbos, siempre buscando, mirando, escuchando hasta el día en que llegó a mis oídos que había en un museo de la ciudad de Córdoba una hermosa estatua de Afrodita, copia romana de una más antigua. 

Algo me dijo que a ese lugar tenía que dirigir mis pasos. Cuando la vi mis ojos no daban crédito, ¡Al fin, Flavia! ya que no la tengo a ella por lo menos puedo tener su imagen. Desde ese día me hice asiduo visitante del museo. En las noches cuando no había nadie me colaba entre las sombras, le hablaba y la acariciaba. Había perdido los brazos y su cara estaba muy maltrecha, pero seguía siendo Afrodita, diosa de la belleza y el amor, tenía su espíritu y yo sabía que era ella. Con cuidado la limpiaba con mi cuerpo, me recostaba a su lado y así noche tras noche. Ya había encontrado la razón de mi larga búsqueda de dos mil años. Al fin ya puedo descansar.

Hoy me quedé dormido por el cansancio de las noches en vela y me consiguieron dentro del museo. Uno de los vigilantes dijo: Ajá sinvergüenza, ¿Tú eras el que hacía esos ruidos en la noche? ¿Y por dónde entraste?  Y fijando sus ojos en mí, exclamó ¡Qué bonito eres! pareces un gato persa por el pelaje. Pensándolo bien, no me vendría mal un gato de compañero para hacer la ronda de la noche. Ya te voy a poner un platito con leche, debes de estar hambriento. Mi mirada le agradeció profundamente aquel gesto, sabía que desde ese día ya me podía quedar cerca de mi amada.


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