Cuando dije adiós, era para siempre
Cuando dije
adiós, era para siempre
Las nubes
semejaban un bestiario celestial, extrañas formas se superponían unas encima de
las otras. Esperaba el momento de la partida observando divertido y sin
nostalgia aquel desfile de animales, y tratando de adivinar a cuál de los
animales conocidos por mí se parecían más. La noche se había ido hacía mucho
rato y el canto del gallo semejante a un toque de diana en la mitad del campo
ya me había advertido que el amanecer había llegado y con él la hora de decir
adiós.
Mi adiós era definitivo. Por dos veces al oír al gallo cantar evoqué los remotos días de una infancia definitivamente ida hacía ya muchos años. Era momento de decisiones y la mía ya estaba tomada. Como un capitán que en un antiguo barco busca en el horizonte rutas más seguras, así buscaba yo la posición de la veleta de la última torre que se perdía haciéndose cada vez más pequeña, solo para recordar los momentos en que nos reuníamos para adivinar de donde iba a soplar el viento. Enormes cometas elevábamos en la colina, muy cerca de la vieja iglesia. Eso ha quedado atrás y solo persiste en mi memoria, que se niega a olvidar.
Un deseo,
irresistible de dejarlo todo me lleva como un río desbordado que nada ni nadie
puede detener e irá a donde quiera, arrasando todo a su paso, así voy yo en
busca de mi destino, lejos, muy lejos de este lugar.

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