Las Pimentel, hacedoras de sueños. Otra pequeña historia de Yaritagua

 

Las Pimentel, hacedoras de sueños

Esta es una pequeña reseña sobre dos personas a quienes recuerdo con inmenso cariño. Suena raro pues las vi pocas veces pero dejaron una hermosa huella en mi. 

Dolores y Matilde Pimentel vivían en la calle Nueva, frente a la casa vieja que fue de mis bisabuelos, papá Julián y mamá Carlina. Cuando yo las conocí estaban muy viejecitas, pero seguían trabajando y haciendo sus muñecas de trapo: eran las más lindas que yo había visto. Las hacían con gran cuidado, lindos vestidos, siempre muy alegres, floreados casi siempre en tonos rojos y amarillos. Dolores iba a mi casa a ofrecerle las muñecas a mi mamá, a ver si me quería comprar alguna. No siempre le comprábamos, pues yo tenía muchas muñecas y las cuidaba bastante.



Dolores era una viejita muy delgada, pero siempre muy bien arreglada, con un pequeño moño en la nuca, una cartera negra muy pequeñita y una gran bolsa de tela en donde iban las muñecas. Si no era en mi casa,  yo las veía cuando iba a visitar a mis tíos Amador y Carmen que vivían en la casa de enfrente de la fábrica de muñecas.  Matilde era alta y más grande, con una nariz  inmensa, que es lo que más recuerdo de ella, pero dulce, amorosa y silenciosa como nadie. Entre las dos hermanas hacían las muñecas y Dolores, como era menos tímida, se encargaba de la venta a domicilio.  En un zaguán grande, amplio, empedrado y precedido de un gran portón, había colgados muchos alambres, en donde ellas ponían sus bellas muñecas de trapo de venta al público.



Ya era la época en que las muñecas se hacían de celuloide, de porcelana o de goma y solo a los niños muy pobres les seguían comprando estas muñecas de trapo. Para entonces yo tenía muñecas que decían mamá, muñecas que daban pasitos y tenía una, llamada Bella Azucena, que tenía cabello de verdad, ojos de vidrio, decía algunas palabras y era casi de mi tamaño. Me la trajo el Niño Jesús cuando yo tenía 5 años. Tenía  otra que se llamaba Blanca Luz que era mi favorita, tenía 2 dientes y la cara, manos y pies hechos en porcelana. También tenía una muñeca que era un bebé que me trajo mi tía Amparo, una negrita preciosa de goma que tomaba tetero. Se llamaba Amosandra y traía su tetero y todos los implementos que se necesitaba para hacerlo, Amosandra había llegado de Nueva York, en un viaje que hizo mi tía y luego pasó a mis manos, en donde duró años. Todavía no había llegado a mí poder Laura, mi muñeca de trapo, a quien le dedico un capítulo aparte en estos relatos. En sí, a mí las muñecas de trapo ya no me gustaban mucho, aunque igual las veía muy bonitas. También en mi casa me hacían pequeños muñequitos de trapo, hembra y varón, con los que jugaba. La autora de estos pequeños muñecos era Chichí, una de mis dos queridas tías abuelas, quien pasaba los días consintiéndome y jugando conmigo.


Han pasado muchos años de esto, pero todavía recuerdo a Dolores y Matilde, haciendo con tanto cariño y cuidado aquellas muñecas, para venderlas a muy bajo precio
 ¡Menos mal que existieron las Pimentel para que muchas niñas de la comunidad pudieran tener una compañera para jugar!


 

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