Ensoñación manchega

 

Ensoñación manchega



 Hace ya un largo tiempo me vi envuelto en un extraño suceso. Todo empezó una noche en que estaba estudiando para examinarme de Notario, agotado por el cansancio decidí apagar la vela con la que me alumbraba y recostar mi cabeza un rato, cuando me encontré en una encrucijada de caminos con un hombre que no destacaba mucho por su presencia, me preguntó a donde iba, le dije que, a Pedro Muñoz, coincidimos que él también iba y acordamos que haríamos juntos el camino.  Luego de conversar algunas trivialidades le pregunté su nombre y me dijo: Sancho, lo acepté de buena gana sin dudar ni pensar, ahí empezamos nuestra andadura. Al poco de andar dijo: Al buen entendedor, pocas palabras, yo para mis adentros pensé: esto me pasa por no juntarme con mis iguales, por eso dicen Cada oveja, con su pareja. Proseguimos el camino cada uno absorto en lo suyo, cuando le oí decir: no sé por qué he salido de casa pues más vale el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.

Yo seguía sin saber de qué hablaba, así que me desentendí del asunto diciendo: Oliva, viña y potro, que lo críe otro, a lo que replicó: el que no quiera polvo que no vaya a la era. Lo tomé personal pensando que me decía que, si no quería encontrarme a alguien en el camino que no fuera de mi agrado, pues que no saliera. Mi compañero prosiguió esta vez con tristeza y algunos lamentos mostrando su deshalambrio, exclamando ¡Tripa vacía, corazón sin alegría!  Cuando me di cuenta estábamos frente a un viejo mesón muy popular, desde tiempo atrás. Ahí mi compañero Sancho se deshizo en llanto para al final decir, el que no llora no mama. A continuación, muy compungido, dijo: Asaz de desdichada es la persona que a las dos de la tarde no se ha desayunado. No me atreví a preguntar, pero dije en voz alta y clara: nadie puede huir de lo que le ha de venir, ya me veía pagando la cuenta de lo que consumiéramos.  En ese momento entramos al mesón donde se percibía un olor a duelos y quebrantos y Sancho con un entusiasmo que todavía no le había conocido me dijo sonriendo: con jamón y buen vino se anda el camino. Se puso a recordar a un antiguo caballero andante a quien sirvió como escudero, que siempre repetía Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Estaba claro que se refería a mí.

Entramos a la venta que mi compañero parecía conocer muy bien, cuando me dijo ya no falta mucho para Puerto Lápice, pues por aquí estuve con mi patrón cuando andaba en busca de aventuras.  En la venta, Sancho se explayó en saludos y risas con las mujeres que la atendían, pero siempre conservando la distancia y el respeto, que me dijo siempre guardaba, pues era un hombre casado, con dos hijos y no hay que tentar al demonio pues por un clavo se pierde una herradura y nunca segundas partes fueron buenas, ya he pasado más de una vez por este camino. 

Mire Bachiller, las apariencias engañan, así me dijo e insistió en que era un hombre de bien, muy fiel a su esposa, que no pasaba nada con piropear a aquellas mozas, pues ojos que no ven, corazón que no quiebra. Ay, si yo le contara lo que ha sido mi vida, pero tampoco quiero darle la vara, como decía mi patrón Dios lo tenga en su santa gloria, lo recuerdo cada vez que salgo por estos caminos manchegos. Voy con el ojo muy abierto, pues no quiero que me vuelvan a pasar aquellas cosas de encantamiento, pues de noche todos los gatos son pardos. No salía de mi asombro, ¿será este quien yo creo? No es posible ¿será una reencarnación o una visita del más allá? Yo seguía cejijunto, tratando de entender y mi compañero seguía ensartando dichos y sentencias a troche y moche, todos llenos de gran sabiduría y además en el momento preciso. Me preguntó que hacía yo por a aquellos andurriales sin cabalgadura, le dije que iba a tomar posesión de una Notaría que me habían ofrecido en Pedro Muñoz.  Cuídese, que no hay camino tan llano que no tenga algún barranco.



Me parecía, por momentos, que me había topado con un mangurrián, ya que su aspecto era el de un campesino, lucía un viejo chambergo y se veía como un típico personaje manchego: bonachón, campechano, algo socarrón y al mismo tiempo recelosillo y picaresco, muy dado a los refranes y dichos. Terminamos de comer y muy contento se dio tres golpes en la barriga diciendo: nunca es tarde si la dicha es buena, a mí me gusta comer a su hora y también me gusta chusmear, a lo que terminó con la sentencia: es de bien nacidos ser agradecidos, expresándome su agradecimiento de manera muy efusiva. Nos levantamos, salimos y Sancho oteando el horizonte sentenció este camino es más largo que un día sin pan, a la vez que recordaba me dijo: esta venta la llevaban antes unas gitanas más listas que el hambre y no las culpo, pues en este mundo "jodío" cada uno va a su "avío".



No habíamos andado más de una hora cuando hurgando en su zurrón lo veo que extrae un pequeño biscocho de los que llaman soletillas y me ofrece compartir un poquete, diciendo que más vale un toma que dos te daré. Así seguimos andando por esos caminos, que no estaba ya muy seguro me llevarían a donde quería ir, cuando Sancho dijo: la experiencia es la madre de la ciencia y lo bien aprendido nunca es perdido, eso me lo repetía el hidalgo, mi patrón, que Dios tenga en su santa gloria. Recuerdo, cuando en una de esas aventuras que encontramos, claro mi patrón siempre las estaba buscando, me arriaron un mojicón que todavía me duele. Eso fue prueba de que mi patrón no estaba muy bien de la cabeza, se pasaba zascandileando por todas estas comarcas y me arrastraba a mí con él, como yo era su escudero recibía parte de lo que le daban, pero, no crea que hablo de dinero, la gente manchega es tan colérica como honrada y no aceptaban que mi patrón anduviera deshaciendo entuertos, que además no existían.

Muchas veces, a pesar de que soy un hombre con familia y creyente, llegué a decir: ay Señor, llévame pronto, que mi cuerpo pide tierra. Íbamos por esos caminos de Dios cuando a lo lejos vemos unos treinta o más molinos de viento que mi patrón confunde con gigantes, yo a decirle que eran molinos y él a porfiar que eran gigantes, pero no entraba en razón y con toda su fuerza salió galopando a combatirlos. De nada valió que le advirtiera y repitiera que eran molinos, que los brazos gigantes de los que hablaba eran las aspas que lo iban a descalabrar. Can gustia, como podrá imaginar aquello terminó muy mal con mi patrón en el suelo, se pegó una buena costalá, con la que terminó eslomao y con la lanza rota.

Señor Bachiller ¿usted nunca ha estado en El Toboso? No, le contesté. Ahí mismo Sancho se despachó bueno y sabroso contándome una historia que me era conocida y a la que no quería dar crédito. ¿Sabe usted que mi patrón, el hidalgo, estaba enamorado de una moza que habitaba en ese pueblo? -por cierto, a muchas leguas de distancia-, quería que fuéramos hasta allá para rendirle homenaje, como hacían los caballeros andantes cuando le juraban lealtad y amor a su dama, yo pensaba: si hay que ir se va pero ir pa ná es tontería.  ¿Y si esa hermosa dama no estaba en el pueblo, también podía suceder que no quisiera que mi patrón le jurara cosa alguna? Pero insistía y no me quedó de otra que enfilar el camino, siguiéndolo sobre mi noble y siempre recordado rucio. Mi patrón hablaba de la belleza de su amada se llamaba Dulcinea, al oír ese nombre traté de entender lo que estaba pasando y con la mente nublada, me despedí del personaje, di media vuelta y torpemente, me dispuse a regresar sobre mis pasos, olvidándome de mi propósito original...

Así me lo contó un tío mío, que se lo contaron a él pero nunca le dijeron como terminó aquella extraña y a la vez divertida aventura, sucedida por los caminos de La Mancha.  

 



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