Un baúl lleno de amor para el viaje sin retorno de mi tía Montserrat

 Un baúl lleno de amor para el viaje sin

retorno de mi tía Montserrat

 


 

Con amorosas y blancas manos sacaba del viejo baúl sábanas, manteles y servilletas, fundas y pañuelos y muchas otras prendas que formaron su trousseau de novia allá por el lejano año de 1916. Eran muchas las veces que, mezclando castellano y catalán, recordaba el tiempo en que su madre, abuela, tías, primas y amigas se sentaban frente a su casa a bordar y soñar con viajes a remotos países allende los mares. América era sueño obligatorio de este grupo de esmeradas costureras y bordadoras. No había tarde en que no hablaran del tema. ¿Cuándo te vas? ¿Te escribió? ¿Te casarás por poder o vendrá Emilio a buscarte? Ya sabían de memoria las respuestas, pero era bonito recordarlo y tenerlo presente y siempre contestaba: Me voy a principios del invierno, Emilio no viene, me caso por poder con un tío suyo, tengo que viajar hasta Barcelona para tomar el vapor que ya sabemos se llama La Anunciada y que mis padres y mi tío Juan me van a acompañar hasta el momento de la partida. ¡Qué emoción!



Y vuelta a seguir con el bordado y con las preguntas y respuestas, día tras día.

Los sábados se cambian las sábanas en casa de mi tía Montse y vuelven a aparecer las olorosas telas guardadas con ramas de espliego y romero, blancas y almidonadas, parecía que nunca se hubieran usado y ya habían pasado treinta años desde el momento en que fueron estrenadas. Cuenta mi tía que, a principios del otoño, ya todo estaba listo y guardado en los cuatro baúles que llevaba de equipaje. Entre las batas para dormir había una muy especial para la noche de bodas y se sonrojaba cuando me hablaba de cuánto se esmeraron en aquella prenda: encajes por aquí, tira bordada y cinta por este otro lado, en fin, quedó que era una belleza y cuando la mostraba era su gran orgullo.


Hoy también hay invitados a comer en casa, su hija mayor tiene un pretendiente y es un buen momento para sacar y lucir los hermosos manteles que llegaron en su equipaje. ¿Blanco níveo o color marfil, cuál será mejor? todos son hermosos y adecuados para la ocasión. Y así, una vez más, las telas que se habían preparado con tanto amor vuelven a lucir su belleza y utilidad.

¡El mundo en guerra y yo preparándome para una boda y un largo viaje sin retorno! Llena de ilusión y ansiosa por conocer otros lugares, estoy casi lista para dejar todo lo que hasta ahora ha sido mi vida; mis padres, mi familia, mi casa, mis amigas y mi pueblo. Lo que me espera lo desconozco, pero no tengo miedo, solo emoción y alegría. Ya no falta mucho para mi partida solo hay que terminar los bordados de algunas servilletas y paños para la cocina. A las toallas ya les hemos bordado las iniciales E y M en hermosas letras góticas entrelazadas, eso mismo se les hizo a las fundas de las almohadas.

Seguimos apurando los días pues el tiempo pasa rápido. En mitad del otoño, que este año ha estado muy triste y lluvioso, fuimos en coche hasta el puerto para ahí abordar el vapor hasta La Guaira. Nunca he viajado sola, ni he salido del pueblo y ahora tengo que enfrentarme a un viaje de dos meses hacia un mundo desconocido.



Con sus manos blancas y suaves saca la hermosa colcha bordada en tenues colores que adornará su cama, es domingo y toca arreglar todo y tenerlo a punto, puede que vengan visitas y la casa de tía Montse siempre está limpia, ordenada y cuidada hasta en el más mínimo detalle. Ella no compra nada manufacturado, todo lo hace en casa y todo lo hace bien, la enseñó su madre y ahora ella enseña a sus hijas y a sus sobrinas.

Siento el aire del Caribe cuando me asomo a la

cubierta del vapor, ¡ya estamos cerca!, ya se pueden ver a lo lejos las casas en las colinas y nos advierten que tenemos que prepararnos, dentro de dos días llegaremos a nuestro destino, fin del viaje, comienzo de otro más largo y quizás más difícil, pero yo estoy preparada y ansiosa por hacerlo. Se me vienen a la mente recuerdos de mi familia, mi casa y mi pueblo, todo lo dejado atrás, que probablemente no veré más. Ahora ésta será mi familia, mi casa y mi pueblo.

Y con blancas y temblorosas manos saca de los baúles manteles, servilletas, sábanas y todo lo que su hermoso trousseau tenía y, como siempre, mezclando castellano y catalán, recordaba cómo su abuela, su madre, sus tías, sus amigas y ella bordaron con amor todas estas telas que han servido, vivido y disfrutado durante cincuenta años.

Hoy ha muerto nuestra querida tía Montse y rebuscamos en sus baúles perfumados con ramas de espliego y romero una bata que sirva de mortaja y una blanca sábana que haga las veces de sudario. La tía Montse nunca más regresó a su tierra natal, pero llevó en sus baúles todo el sentimiento de aquellas mujeres que marcaron su vida en bordados, costuras, cintas y encajes y que adornaron su existencia allende los mares.

 

 

 

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