¡Pida por mí!

 

 

¡Pida por mí!

 

 

Cualquier cosa que pasaba en nuestro pequeño pueblo nos llamaba mucho la atención. Fue por eso por lo que el día que mi mamatía llegó de la misa, contando que una señora se le había acercado en el momento en que ya no quedaba nadie en la iglesia y le había entregado una estampita de un santo, pegada a un cartoncito de propaganda de un almanaque de los que solían obsequiar las farmacias y que de manera brusca, muy rápida y casi imperativa le dijo: ¡pida por mí!, empezamos todos en la casa, incluidos mis primos, a elaborar las más extrañas historias. Mi mamá se asustó y nos dijo que no estuviéramos jugando con esa historia, que no sabíamos qué podía ser. Todos asustados queríamos creer que aquella señora era un fantasma que andaba penando por la tierra y que necesitaba que rezaran por su alma.


En Yaritagua las historias de fantasmas eran algo muy común que podía sucederle a cualquiera, por lo que nos parecía normal que ésta fuera una de ellas. Pasaron algunos días y estando mi mamátía asomada en una pequeña puerta lateral que tenía la casa, vio venir a la misma señora, muy normal y terrenal como cualquiera de nosotros. Se le volvió a acercar y solo le dijo de la misma manera que la primera vez: ¡pida por mí!

Cuando mamátía entró a la casa estaba muy asustada, y eso que ella era la valentía hecha persona. Era una mujer que había trabajado por muchos años para ayudar a sacar adelante a toda la familia, tuvo varios enamorados y hasta compromiso para casarse, pero al final se quedó soltera. Era la mayor de nueve hermanos y, a falta de hijos, tenía muchos sobrinos. “Cosía para la calle”, como se decía cuándo se trabajaba de costurera, y hacía ropa de hombre, que era muy difícil confeccionar por la diferencia de texturas de las telas. Además, hacía dulces y tenía varios empleados que salían con el azafate de dulces en la cabeza voceándolos por las calles. Era una mujer de armas tomar y nada la amedrentaba, pero ese día la vimos pálida y confundida. No lo quería admitir, pero comprendimos que estaba asustada. 

Pasó el tiempo y no supimos más de aquella mujer. En mi casa no se habló más del asunto de la estampita ni de su misteriosa dueña, pero nos quedó el recuerdo de aquella mujer que no vimos más por el pueblo y la estampita siempre acompañó a mi mamá tía. Mas nunca supe de la estampita ni a donde fue a parar después de que mi mamátía murió, muchísimos años después. Pero de lo que sí me acuerdo fue de aquellos días en los que estuvimos muy emocionados y asustados, dándole vueltas a la cabeza, adivinando quién podría ser aquella persona, qué era lo que quería y de donde había venido.

Comentarios

  1. Esos recuerdos de tu Yaritagua de la niñez siempre me han gustado. Además, la oralidad de tu escritura me conecta con mi mamá, mi abuela y me sacan una sonrisa que muchas veces se esconde, asustada y no por fantasmas, en el fondo de mi corazón.

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