Tajo, el de la voz inconfundible
Tajo, el de la
voz inconfundible
¡Por fin te veo de nuevo mi cálido y viejo amigo, recorriendo alegre el profundo barranco de piedra que bordea mí ciudad! ¡Toledo! Han transcurrido setecientos años desde que la peste aniquiló mi cuerpo y fui a parar a una fosa común. Cuando el azote llegó, no perdonó ni religión ni raza. Creyentes y ateos murieron por igual, un rabino, un obispo y un imán valían lo mismo. Pasó largo tiempo para que llegara a su fin esta terrible plaga, solo que después llegó un flagelo peor: la intolerancia, de la mano de la Inquisición, para la que no había medicina conocida.
¡Cuántos cuerpos he tenido, en cuantos países he vivido y cuantas personas he conocido desde entonces! ¡Cuánto te he extrañado! Hoy vuelvo a ti y a las infinitas e inconfundibles voces que salen de tu cauce. Cuánto he querido volver a desandar lo andado.
Veo que la ciudad no es la misma. ¡Cómo ha cambiado! Nuevas caras, nuevas casas, pero las mismas calles. La antigua Sinagoga de Samuel Ha-Levi y su casa ¿Dónde están? y la de Yosef ben Shoshan ¿Dónde estarán mis amigos, donde estará mi amada Hadar? bella y alegre cuando recorríamos la ciudad y sus pequeñas tiendas.
Nunca he olvidado que su nombre significaba espléndida, ornamentada, hermosa, así era ella. En una joyería del barrio de Alcaná, aquel bullicioso lugar donde los judíos tenían sus tiendas y talleres, conseguí aquellas hermosas alianzas de oro que sellarían nuestro amor.
Está en mi memoria el día que ajusticiaron a Fernando de la Torre, judío converso, fue una muerte muy injusta, lo veo claro ahora en la distancia, pues su reclamo era el de toda nuestra comunidad. Eso fue después de los fuegos de la Magdalena, pero yo era muy joven y vi aquel horror con risas, risas que compartí con mis amigos. Bajé corriendo a contártelo. Tú eras sabio y compasivo y me dijiste que nunca me alegrara del dolor ajeno. Después del asesinato de mí padre llegué llorando a tu lado y recibí tu palabra de aliento. Mi padre, de generaciones de toledanos, orgulloso de su ciudad y de su barrio, disfrutaba sus estrechas callejuelas en donde podía mezclarse con poetas, hombres de letras, artesanos, comerciantes y rabinos, así como con los hombres de más poder intelectual y económico de la ciudad y del reino. Así de importante era Toledo y así de importante era nuestra judería.
Nunca nos imaginamos que podía producirse una
revuelta contra nuestra comunidad. Me entristeció oír a mi padre decir: “Hijo
mío ¿Qué harías si supieras que puedes perder todo por lo que has trabajado,
todo lo que has construido, tu casa, tu negocio, todos tus bienes e incluso la
vida y que te pueden calumniar y desacreditar para expulsarte de tu tierra? ¿Cómo te sentirías si lo que ha sido tu mundo y
tu vida desde hace siglos, dejara de serlo en un instante?” Ese día, con una
angustia que oprimía mi pecho, fui a hablar contigo para compartir esa tristeza
y sentado a tu orilla, mirando los cigarrales, lloré desconsolado. Desde ese
momento la desesperanza anidó en mi alma.
Tú que has estado aquí y has visto transcurrir el tiempo, dime, ¿a dónde se ha ido el Palacio de Fuensalida, la casa del Taller del Moro, la casa de Mesa? ¿Y el hermoso palacio del Rey Don Pedro? rey venerado por nosotros, pues nos salvó de las tropelías de los seguidores del de Trastámara, ¿Y el palacio de los López de Ayala y de los Téllez de Meneses o el Corral de don Diego? También han desaparecido aquellas hermosas casas palaciegas, a las que Hadar y a mí nos gustaba contemplar las veces que salíamos de la judería.
Cuando paseábamos por la ciudad siempre llegábamos hasta ti, ya que eras mi mejor consejero, rio amado de las múltiples voces, en cuya orilla Hadar cantaba una vieja canción de desamor de nuestros antepasados, yo la acompañaba con el nay, aquella pequeña flauta de madera, que me había enseñado a tocar mi abuelo. Todavía puedo recordar alguna estrofa, pero me entristece cantarla:
“Hixa mia mi querida
Aman, aman, aman
No te eches a la mar
Que la
mar esta enfortuna
Mira que te va llevar.”
Recitábamos, a
dos voces, unos viejos poemas de amor escritos por Todros Abulafiah, que,
aunque habían sido escritos hacía ya muchos años hablaban de la vida cotidiana
en el más hermoso de los tiempos. Busqué sin cesar las diez sinagogas de la
ciudad, a las que acudíamos a celebrar nuestras fiestas y muchas veces a llorar
nuestras penas. Solo quedan dos. Eran tan hermosas, varias de estilo mudéjar y
labrados artesonados. El poeta medieval Yakob Albeneh las alababa por su belleza
y lloraba su desgracia, después de la gran tragedia que significó el asalto a
la judería en el fatídico año de 1391 diciendo: “Ay de las sinagogas, trocadas
en ruina”.
La Madinat al-Yahud, la judería, era conocida por ser la mayor y más importante de cuantas se asentaron en la península. Además de su gran extensión, se distinguía por la suntuosidad y belleza de sus edificios y la calidad intelectual de sus rabinos. En la judería no todo era riqueza, pero había hermosas casas, que hacían recordar el esplendor de otros tiempos, de una época dorada. Igualmente destacaba por sus cabalistas, pues los mejores de la España medieval estuvieron siempre en Toledo y en Córdoba. Mi madre me contaba que uno de nuestros antepasados había sido Yehuda ben Moshe, conocido intérprete de la famosa Escuela de Traductores de Toledo, que ponía en lengua vulgar y en latín de la Baja Edad Media las obras de Avicena y otros grandes pensadores de la Antigüedad Clásica. Toledo, por su fama, era frecuentada por intelectuales de diferentes ciudades y países, ávidos de conocimientos menos ortodoxos y más espirituales.
Después del asalto de 1391 a la judería, los supervivientes tuvieron que asistir a feroces matanzas y a la destrucción de la mayoría de las sinagogas. Los que se convirtieron igual sufrieron persecuciones, cárcel e interrogatorios de la Inquisición, y los que se marcharon se llevaron su bagaje cultural y el dolor por la pérdida de su amado Sefarad. Fueron más de once siglos de arraigo, perdidos en un momento. Mi pueblo, mi gente, siempre renaciendo de sus cenizas.
Después de mi muerte, ¡qué castigo fue aquel! debí dejar mi ciudad amada y deambular por años en otros cuerpos y en otras lenguas ¡Mi hermoso rio! Cómo lloré por la distancia y el tiempo que nos separaba. ¡Mi amigo, mí adorado rio! De nuevo cerca de ti, soy el de siempre, pero con años de experiencia y un cuerpo joven. ¿Dónde estarán mis padres? Tuvieron un pequeño negocio en la plaza de San Antonio, buen lugar para un comercio, pues ahí convergían judíos, musulmanes y cristianos, de igual manera. ¿Habrán reencarnado? Ellos no creían en el eterno retorno hasta alcanzar la purificación, eran practicantes estrictos de su religión. Yo amaba mis tradiciones y participaba en ellas, pero era un espíritu libre, abierto a todas las creencias. Con avidez leía todo lo que caía en mis manos y me hablara de otras culturas y otras filosofías.
Al principio de los tiempos ya habías nacido y, a pesar de lo transcurrido, vas alegre y con tu suave voz aconsejando a quienes se te acercan. Tus hermosos puentes de San Martín y Alcántara ¡Qué de cosas habrán visto y cuánta gente habrá caminado sobre ti! ¡Cómo te han respetado el tiempo y las guerras! Algunas veces has crecido y tus riadas han sido las únicas que han profanado la ciudad, tu ciudad, mi ciudad. Recuerdo los inventos de Juanelo, sobre todo aquel que llamábamos el artificio de Juanelo, una máquina para subir agua hasta el gran peñasco, un buen hombre que murió en la miseria. Pero no era el único inventor, también estaba Blasco de Garay con sus barcos y máquinas de vapor. Mi ciudad era un hervidero de talento en muchas y diversas áreas.
Yehudah ben Shlomo al-Jarizi, renombrado historiador que nos visitó en el siglo XII dejó, testimonio escrito del esplendor de la ciudad y de las sinagogas. Sus palabras todavía retumban en nuestros oídos cuando decía: "Vine a la extensa ciudad de Toledo, capital del reino, que está revestida del encanto de la dominación y ornada con las ciencias, mostrando a los pueblos y príncipes su belleza…” Gracias a este viajero ilustrado conocemos parte de tu antigua belleza y la impresión que causabas a todos los que te visitaban.
Mi amada Hadar había nacido y vivido siempre en el barrio de Bab Alfarach. Hoy he caminado por su calle y he visto su casa en pie. Después de tantos años, su recuerdo se ha desvanecido, solo queda en mi memoria. No era un barrio de judíos ricos, pero tenía unas hermosas vistas sobre el rio y eso lo hacía especial. Yo vivía en el barrio de Caleros y cerca de mi casa existía una de las sinagogas que hacían de Toledo una de las principales ciudades de Sefarad, era ejemplo para muchos y estaba grabado en la mente y el corazón de nosotros, los sefardíes. La belleza de la ciudad y el rio eran motivo de inspiración para los poetas. Tajo, tú fuiste mi mejor amigo de la infancia y juventud. En ti depositaba mis alegrías y mis penas. Te conocí cuando yo apenas era un niño. Mi abuelo era curtidor y trabajaba en tus orillas, yo todos los días bajaba a jugar y a conversar. He tenido que esperar muchos años para volver a verte, para caminar sobre tu espalda y recostar de nuevo mi joven y ahora sano cuerpo en tu torrente. Quiero revivir en mi memoria parte del esplendor que vivieron las callejuelas de la judería y visitar los monumentos que siguen quedando en pie, testimonio de lo que fuimos. Buscando a mis amigos he pasado







Te quedó muy bonita la presentación y las fotos. Y el texto te atrapa. Felicitaciones.
ResponderEliminarToledo, conocida como la ciudad imperial y la ciudad de las tres culturas por haber estado poblada durante siglos por cristianos, judíos y musulmanes, cuántas veces hemos recorrido sus angostas calles y sus recovecos maravillándonos de sus casas, sus torres, sus muros, iglesias, museos, la catedral, en fin tantas cosas.
ResponderEliminarLeer este texto donde la prosa literaria hace galas del autor, es en realidad una oportunidad de adentrarse entierras de la madre patria, de alli donde se me entruja el corazón de emoción al pensar que mi abuelo anduvo en su juventud por su tierra natal España, Un abrazo y hermoso trabajo quede enamorada de esas letras,,,
ResponderEliminarGracias por tan hermoso comentario, me anima a continuar escribiendo. Profundamente agradecida.
EliminarMi amor lo leí desde el principio y no te había escrito para felicitarte, tengo una foto que me encanta, la. Tomé desde un lugar al otro lado de la ciudad, del Tajo, y podía ver a Toledo completo. Me encantó tu agradable relato histórico.
EliminarHermoso texto. Vívida imaginación. Vivida de tus añoranzas y lecturas y conversas. Lo disfruté.
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