La casa de Ino
La
casa de Ino
Se llamaba Héctor Mujica pero le
decíamos Ino, nombre que le puso mi mamá pues era su padrino. Era mi tío abuelo
y uno de mis padrinos de lo que llamaban de “agua” ceremonia religiosa que se
hacía antes del bautismo y era una costumbre antigua entre la gente de los pueblos.
Era hermano de mi abuelo materno Manuel Felipe Mujica y de mis tíos Zenón Segundo,
Pedro y José Rafael, también de mis queridas: mamá-tía, Ama, mamá-Belén y de
Chichí, yaritagüeño también y hacendado. Por muchos años, tuvo hacienda de café
en Guaremal, poblado cercano, para luego perderla en una mala jugada que le
hizo un ahijado y así se convirtió en pulpero y comerciante. Hasta su muerte
regentó la pulpería, muy conocida en el pueblo. Salió poco de Yaritagua, salvo
en su juventud ya que estuvo una vez en Caracas y algunas pocas veces en
Barquisimeto.
Esta primera casa donde yo viví marcó de alguna manera mi vida, aunque esta foto que ilustra el relato es de un tiempo posterior cuando ya no estaba la pulpería ni yo vivía ahí, pero igual sigue siendo la casa de mis primeros años de vida y ocupa un lugar muy especial en mis recuerdos. Además, ya había perdido parte de ella, todo lo que llamábamos la galería se había convertido en otra casa independiente.
Era una casa colonial grande que
hacía esquina, con tres puertas para la calle, en donde él tenía su pulpería.
Había grandes salas y varios cuartos con pisos de ladrillo que al tiempo se lo
cambiaron por cemento. Ahí vivíamos muchos, más o menos 11 o 12, entre tíos,
tías y primos, a lo que se le sumaban algunos ahijados que también vivían ahí,
un tío abuelo que iba a almorzar todos los días y también algunos empleados del
campo que cuando venían de Guaremal o La Piedra se quedaban a dormir allá. Era
muy divertido vivir con tanta gente y ser yo la más chiquita y la consentida de
todos.
Un lugar
muy importante ocupaba la pulpería, que fue una de las grandes distracciones de
mi infancia. Era larga y angosta con una estantería de madera llena de cosas y
una nevera que era un artefacto muy raro en el Yaritagua de ese entonces, en
donde se ponían a enfriar los refrescos y además se hacía lo que en Yaritagua
llamábamos heladitos. En la pulpería se vendía de todo menos carne, pero si
vendían pescado salado que traían de Coro o de las costas de Yaracuy en el
tiempo de Semana Santa. Todavía recuerdo con cariño aquella mezcla de olores
tan variados y sobre todo el del pescado salado.
Cuando el piso de la casa era de
ladrillos, mi mamá-tía se encargaba de mantenerlo limpio y rojito. Al fondo había
una cocina de leña y un gran horno de barro en donde se hacían las arepas y
también las cachapas, en los meses de la cosecha de maíz. Cuando yo tenía como
5 años, mi papá mandó de Caracas una cocina de kerosene y con eso se sustituyó
a la vieja y olorosa cocina de leña, aunque se siguió usando para las arepas.
Había un jardín con flores, sobre todo rosas y cayenas y dos bellísimas matas
de astromelia, una blanca y la otra rosada, también un árbol que llamábamos
tabasca, conocido en el mundo como bayrum. Este jardín lo cuidaba mi
mamá-tía con gran esmero y en el mes de mayo poníamos la cruz afuera y la
“vestíamos” y adornábamos con flores y velas.
El vecindario estaba compuesto por
las vecinas de enfrente que eran la “niña” Amelia Polanco y su sobrina Lucinda Pérez
a quien yo llamaba “Chica”; en la otra esquina vivían las Mosquera: María Dolores
que me adoraba y se murió de cáncer, su hermana Carmen y una sobrina llamada
Dilia, que bebía mucho aguardiente. Dilia tenía un niñito flaquito llamado
Joseíto que era dos años menor que yo, hijo de su matrimonio con José Luis
Barrada, quien también bebía mucho. El niñito era para mí muy curioso pues
tenía unos deditos chiquitos colgando de la mano, que cuando estuvo grande se
los quitaron. En ese tiempo no conocíamos el nombre de polidactilia ni teníamos
idea de eso.
Al lado de la casa había un solar baldío con una pequeña construcción en ruinas en donde vivía Susana García y su hijo Mario que, a veces, hacía mandados para mi casa. Años después vimos a Mario graduado de profesor, viviendo con su mamá en Barquisimeto a quien cuidaba y quería mucho. En la última de las esquinas estaba la casa de Julián Barradas, que había sido sacristán de la iglesia de santa Lucía, pero se había ido a vivir a Puerto Cabello. Esa casa se la compró a mis tíos abuelos cuando mi bisabuela Rita Sánchez de Mujica murió y todos se mudaron a la casa de Ino. Luego, pasó a ser de Vladas Dervojedaitis, un lituano dueño de la Foto Báltica, el primer estudio fotográfico que hubo en Yaritagua y el primero que sembró y vendió en el pueblo lechugas, zanahorias y remolachas.
Este era el vecindario que nos
rodeaba. Por un lado, estábamos casi al lado de la iglesia y del otro si
seguíamos por la calle hacia arriba, íbamos a sitios en donde se iba perdiendo
el pueblo porque ya era casi el campo. A medida que avanzábamos en el camino,
las casas se hacían más humildes, al igual que sus habitantes. De esa zona nos
llegaba el relleno para las almohadas, que le decían lana de tambor, la leña,
las recuas de burro con sus cargas de víveres, el que vendía la leche en su
carreta, el malojo para los animales y las mujeres que trabajaban en la casa,
lavando, cocinando o planchando.
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Que crónica más hermosa y necesaria, es como viajar en el tiempo, recortar un pedazo y pegarlo en tu mirada y con ello, hacerlo parte de tus recuerdos. Gracias.
ResponderEliminarQue hermoso comentario, digo yo. Gracias por todo eso tan bonito que pusiste ahí.
ResponderEliminarHermoso relato y recuerdos
ResponderEliminarUna página más que nos contará la historia de nuestro amado pueblo Yaritagua
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarBella historia del pasado.
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