Kalimbas, arrullan mis sueños
Kalimbas, arrullan mis sueños
En la lejanía
suenan los kora y los djembe,
los mismos que tocaron mis antepasados, ellos junto con las kalimbas
ancestrales me arrullan, mientras agotada por el cansancio del trabajo, me dejo
adormecer con el sonido maternal de estos instrumentos. Vivo en Bignona, un
pequeño pueblo, que fue antigua capital de la Casamance, en Senegal. Mi casa es una típica “diola”, construida toda
de arcilla, con techo de paja, y mi gran sueño era el de ser médico. Quiero
ayudar a mi pueblo, quiero curarlos de todas las enfermedades que los agobian.
Por años he luchado para que ese sueño se haga realidad y por fin lo he
logrado. ¡¡¡Soy médico!!! Exclamé, el día en que una universidad francesa me
concedió el título.
Ahora ya puedo regresar a mi pueblo, yo nunca lo he abandonado. Vuelvo a la casa paterna donde viví años de alegría, luego de tristeza, cuando mi padre se negó a enviarme más a la escuela. Argumentaba que las mujeres debíamos estar en la casa, haciendo todos los quehaceres, lavar la ropa en el agua que se traía del pozo, otras veces en el río, cocinar para mis hermanos pequeños, limpiar y además cuidar el poco ganado que teníamos.
Mi madre estaba enferma y mi padre obcecado, también enfermo, pero de malas ideas y empeñado en no dejarme volver a mi querida escuela a donde iba con mis primos y mis amigos. Éramos tan pocas las niñas que íbamos a la escuela que podría contarlas con los dedos de mi mano y sobraban. Ahí aprendí a amar a los libros y al maestro que con paciencia me enseñó todo lo que sé. Fui yo la primera de mi familia que aprendió a leer y a escribir. Que orgullo sentí en ese momento, cuando con letra temblorosa garabateé una carta para que mi tío la firmara. Él tenía un proyecto y quería plantearlo al señor Prefecto, máxima autoridad de nuestra aldea. Ninguno de mi familia sabía hacerlo, yo era tan joven y además mujer…
Convencí a mi
padre, vinieron años de sacrificios, cuando iba andando cinco kilómetros de ida
y cinco de vuelta al pueblo en donde quedaba mi escuela secundaria. Luego de
tanto luchar gané una beca para irme a Francia. Cuando hice mi recorrido hasta
Dakar, la capital, pensaba ¡por fin lo estoy logrando! Así dejé atrás lo que
había sido mi mundo, hasta ese momento, pero me llevé conmigo todo ese bagaje
cultural que me niego a abandonar. Yo soy del continente perdido, del pueblo de
los Lebou, donde el color carne es marrón oscuro, conservo mi lengua y mis
tradiciones puras y antiguas de las que estoy muy orgullosa.
Mi familia y mi aldea me llamaron traidora, pero yo los apaciguaba con las cartas extensas que enviaba al maestro de mi escuela primaria, quién se encargaba de decirles que pronto llegaría con un título, para ayudar y no marcharme nunca más.
Mi pueblo, mi pobre pueblo africano, mi madre África, un continente rico lleno de miseria, expoliada por los grandes imperios, sojuzgada por dictadores nativos que siguen vendiéndola y empobreciéndola con otro tipo de esclavitud. La esclavitud cultural, la de la ignorancia, una de las más difíciles de erradicar. Yo sigo luchando desde mi puesto, primero en la escuela, luego en la universidad y ahora como médico de la aldea. Todos creen en mí, me confían sus vidas, las de sus hijos y yo sigo trabajando para que mi pueblo recupere su dignidad, aquella que le han arrebatado hace cientos de años.
Está amaneciendo,
miro a mi alrededor y mi consultorio de médico empieza a desaparecer, solo veo
a mi padre parado en el umbral del mísero espacio en donde duermo, me llama a
gritos, mientras miro a mi pobre madre enferma, marcharse al pequeño campo de arroz,
que cultiva con otras mujeres de la tribu. Mi madre agobiada por las
enfermedades y sin voluntad para quejarse, acepta con resignación su destino,
como algo inexorable. Cinco hijos y mala salud han sido demasiado para ella. No
tuvo ninguna oportunidad en la vida, en cambio mi testarudo padre fue marino, pescador
y ahora trabaja el cuero. Pero esas cosas no se discuten en casa, pero yo las
pienso y sufro por ello.
Tengo que recoger
agua, buscar leña, lavar la ropa, llevar el poco ganado a pastar, poner el mijo
o el arroz a cocer, ir al río a comprar un poco de pescado para hacer el tiéboudienne
y cuidar de mis hermanos pequeños, que pronto podrán ir a la escuela, sin tener
que pelear ni convencer a mi padre. ¡Demasiado para mi pequeño cuerpo!
Sigo soñando con mi regreso a esa escuela que tanto amo. Tengo que luchar para conseguir ese privilegio, aunque dentro de mí estoy segura de que es un derecho que tengo pero que no es fácil hacerlo valer. Oigo a lo lejos cantos de iolé, olelé, olele, suenan los tambores, vuelven a sonar los kora y los djembe, las kalimbas ya no arrullan mis sueños, me despiertan a la realidad del día.






Nada me produce más desconsuelo que estos relatos de mujeres vejadas, aventajadas de mala manera. Y África parece ser el continente de la femenidad perdida. Solo cuando esto ya no sea lograremos un mundo mejor.
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